El aporte de la Reforma a la misión de la iglesia

reforma protestante

El aporte de la Reforma a la misión de la iglesia

Sadrac Meza, PhD.

Seminario ESEPA

San José, Costa Rica

2012

Hans Kasdorf (1980) en su bibliografía comentada de la Reforma Protestante y la Misión, sugiere que hay tres posiciones con respecto al aporte de los reformadores al tema de la misión de la iglesia. La primera está asociada con la obra de Gustav Warneck (1834-1910) y la podríamos llamar negativa. Argumenta por la indiferencia de los reformadores del siglo XVI hacia la misión. La posición contraria a la anterior, enseña un punto de vista positivo argumentando que los reformadores tenían una metodología y un concepto de misión diferentes al del siglo XIX, pero que en ningún momento fueron indiferentes a la misión. Esta posición está asociada a la obra de Paul Drews. La posición neutral, de acuerdo a Kasdorf, está representada por autores como Albert Ostertag, W. Lütgert, Paul Eppler. Sin embargo, Kasdorf nos advierte que “los escritores que se adhieren a una posición neutral, generalmente, comparten más la tradición de Warneck que el punto de vista positivo” (Kasdorf, 1980, pág. 170).

Esta situación de posiciones encontradas sobre la actitud de los Reformadores la detectamos fácilmente en las obras de misiones que tenemos en español, como son las de Justo González (González, 1970), David Bosch (Bosch, 2000), Bernard de Vaulx (Vaulx, 1962). Aunque esta última es una obra católica y ni siquiera menciona al protestantismo. También sobre este tema se puede ver el curso de misiones de Taylor y Campos (Taylor & Campos, 1993). Obras sobre la teología de los reformadores como las de McGrath (McGrath, 1999) y George (George, 1988) tampoco discuten el tema de la misión o la teología de la misión. Es así que de esta manera, en la literatura en español encontramos expresiones como las siguientes: “el énfasis de la Reforma fue más teológico que misionero” y “los reformadores no promovieron las misiones debido al carácter mismo de la Reforma” (Taylor & Campos, 1993, pág. 39). Otro ejemplo: “los reformadores de las primeras generaciones justificaron con argumentos teológicos su falta de interés misionero, y por esta razón muchos de sus sucesores se sintieron obligados a tomar la misma posición” (González, 1970, pág. 184).

Como ejemplo de las razones por las cuales se argumenta la indiferencia de los reformadores hacia la misión, mencionemos que Lutero creía que la Gran Comisión se había cumplido en la era apostólica y que cuando él ofreció su evangelio de justificación por la fe a los judíos de su alrededor, éstos lo rechazaron, y entonces decidió que no debía echar las perlas a los cerdos (Barker, 1998). También se ha comentado que Lutero tenía preocupaciones y tareas más locales, que no tuvo oportunidad de hacer obra misionera más allá de su país, y que él creía que el fin del mundo estaba cerca, lo cual convertía todo esfuerzo misionero en algo innecesario (Scherer, 1994).

Ante este panorama, preguntarse por el aporte de la Reforma protestante a la misión cristiana en el siglo XXI parece un camino escabroso. Para adentrarnos en el tema, quisiera empezar comentando la posición de David Bosch que, según mi opinión, representa una posición “neutral” (contrario a lo que piensa Scudieri, 1994).

David Bosch, Misión en transformación (2000), dedica un capítulo de su libro a “El paradigma misionero de la Reforma protestante”. Nos dice que “si el texto misionero del período patrístico griego fue Juan 3:16 y el del catolicismo medieval Lucas 14:23, quizás uno puede tomar Romanos 1:16s. como el texto misionero del paradigma teológico del protestantismo en todas sus formas” (pág. 300). Propone Bosch que hay “cinco elementos que pueden ayudarnos a discernir el perfil de una teología protestante de la misión, elementos que se encuentran en todas las manifestaciones del protestantismo del siglo dieciséis, sea luterano, calvinista, zwingliano, o anabaptista” (Bosch, 2000, pág. 301). Estos elementos son: la justificación por la fe, la depravación de la humanidad, la dimensión subjetiva de la salvación, el sacerdocio universal de todos los creyentes, y el principio de sola Scriptura.

Sin embargo, de acuerdo a Bosch, estos elementos o principios, en la práctica, pueden favorecer u obstaculizar la visión misionera. Luego de repasar los argumentos de los autores que defienden la conciencia misionera y la importancia del aporte a la misión por parte de Lutero y Calvino, Bosch concluye que “sin embargo, a pesar de aquello que Holl, Holsten, Scherer y otros han identificado como la fuerza misionera esencial de la teología de la Reforma, muy poca actividad misionera tuvo lugar durante los dos siglos subsecuentes” (Bosch, 2000, pág. 306).

Para entender un poco la situación del siglo XVI, recordemos que Lutero atacó los votos monásticos de pobreza, castidad y obediencia por razones teológicas. Lutero consideró que esos votos son inconsistentes con la obediencia cristiana, son sin importancia para la verdadera fe cristiana, están en oposición a la libertad cristiana, y son ajenos a las demandas del amor de Dios y contrarios a los preceptos del sentido común (Pelikan, 1967). Pero también, la abolición de las órdenes religiosas y el desmantelamiento de los monasterios tuvieron grandes consecuencias para la organización de la iglesia en el siglo XVI. Esta polémica de Lutero y sus resultados “despojaron a la iglesia de tropas de choque las cuales habían sido casi exclusivamente responsables por ciertas áreas de su vida. Tres de esas áreas ciertamente eran las misiones, la ayuda social y la educación” (Pelikan, 1967, pág. 4).

Lo anterior demandaba que la iglesia protestante desarrollara nuevas estructuras para llenar estas necesidades. Lutero hizo un gran trabajo en lo que tiene que ver con la educación, pero no así en las otras dos áreas. Al área de las misiones se refiere Latourette cuando dice que “el protestantismo careció de los monjes, quienes por más de mil años, habían sido los principales agentes para la propagación de la fe” (citado en Pelikan, 1967, pág. 5). Efectivamente, Pelikan nos explica que Lutero fue consciente solamente de que los judíos y musulmanes necesitaban el evangelio. El creía que ahora que el evangelio (la justificación por la fe) había de nuevo salido a la luz, los judíos lo aceptarían fácilmente. Pero Lutero se equivocó. Al punto que al final de su vida, Lutero escribió un tratado en contra de los judíos, en tan malos términos que su biógrafo, que en otros temas siempre lo defiende, deseó que mejor hubiera muerto antes de escribirlo (Pelikan, 1967).

Claro que llevan algo de razón los que proponen el argumento que dice que un concepto de misión del siglo XIX o XX no se puede, o no se debería, imponer a los Reformadores del siglo XVI, sino que por el contrario, deberíamos dejarlos a ellos mismos proponernos su concepto de misión. En realidad, mucho depende de qué entendemos por misión y por los métodos de la misma. Por otro lado, no se puede separar la misión de su base teológica. Aunque uno espera que toda teología tenga una relación intrínseca con la misión.

¿Nos habremos equivocado con el tema, entonces? ¿Hay algo que se puede llamar el aporte de la Reforma protestante a la misión de la iglesia en el siglo XXI? ¿Dónde habrá que buscar el aporte de la Reforma para la misión de la iglesia? Por mi parte considero errado buscar un aporte directo a las misiones por parte de los Reformadores; a no ser que este aporte lo busquemos en la otra Reforma, no la magisterial, sino en la Reforma radical, la de los anabaptistas. Efectivamente, fue este movimiento conocido como los re-bautizadores, quienes creyeron e hicieron suyo el mandato de ir y predicar el evangelio a todas las naciones y a eso comprometieron toda su vida (Kasdorf, 1975). La convicción, la entrega, el testimonio, sus métodos, sus estrategias, su organización, el involucramiento de la iglesia local en las misiones, todo esto constituye un legado, un testimonio y una inspiración para la iglesia universal de parte de los anabaptistas.

Los anabaptistas radicalizaron y llevaron a la práctica el principio del sacerdocio de todos los creyentes. A diferencia de Lutero que seguía limitando el ministerio a personas autorizadas y limitadas a un área determinada, los anabaptistas no aceptaban estas limitaciones. Los anabaptistas rompieron con las expectativas de hacer misión bajo la tutela del poder civil, cuando, tanto luteranos como calvinistas siempre dependieron del poder civil al pensar en la labor misionera (Bosch, 2000, pág. 307). Otra diferencia importante entre los anabaptistas y los reformadores clásicos fue la manera en que interpretaban la condición del mundo y de la iglesia. Para la reforma magisterial, la iglesia o el cristianismo, estaba en necesidad de reforma. Es decir, había que mejorar la iglesia. Para los anabaptistas lo que se necesitaba era un cambio completo en el cristianismo, se necesitaba sustituir lo existente por la realidad de un cristianismo verdadero, y por eso consideraban, tanto a católicos como a protestantes, paganos en necesidad de conversión (Bosch, 2000, págs. 308-309).

Los anabaptistas fueron un movimiento que quisieron restaurar el verdadero cristianismo en el silgo XVI. Ellos no solamente creían en la justificación por la fe, sino que creían en la necesidad de una vida nueva. Además, ellos estuvieron fascinados por el ejemplo de la iglesia primitiva, tal y como la conocemos en el libro de los Hechos. Ellos entendieron que ser cristiano es igual a ser testigo de Cristo. Ellos creyeron que el mandato de la gran comisión era para todos los cristianos. Por lo tanto, en medio de la persecución por parte de protestantes luteranos y calvinistas, y persecución por parte de los católicos, ellos se propusieron vivir el cristianismo auténtico, entendido como discipulado bajo el señorío de Cristo, sin importar las consecuencias personales (Kasdorf, 1975).

Pero, para efectos de lo que resta de este artículo, sugiero buscar el aporte de la Reforma a la misión de la iglesia hoy, en su teología. Esto es lo que hace Bosch en el material citado arriba, cuando habla del perfil de la teología de la misión de los reformadores, y sugiere los siguientes elementos: la justificación por la fe, la depravación de la humanidad, la dimensión subjetiva de la salvación, el sacerdocio universal de todos los creyentes, y el principio de sola Scriptura.  Y también esto es lo que mayormente hacen todos aquellos que quieren defender a los reformadores de la acusación de indiferencia a las misiones (Scherer, 1994). Precisamente, esto también lo sugieren, entre otros,  Taylor y Campos (1993): “A pesar de que los reformadores no emprendieron labor misionera… sentaron los fundamentos doctrinales que tendrían aplicación posterior a las misiones” (pág. 40). Estos aportes teológicos, según ellos, son: sólo Cristo, sola Escritura, sola gracia y sola fe. Otro proponen legados teológicos como la soberanía de Dios y la centralidad de Jesucristo, el principio de sola Scriptura y la doctrina de la iglesia, el concepto de adoración y de espiritualidad, su concepto de ética y escatología (George, 1988). Como vemos, hay varias propuestas de las que podríamos echar mano.

Sirva esta contextualización histórica de la relación de la Reforma y la Misión, en donde vemos que hay cierta ambigüedad en la posición de los Reformadores, y a la vez, un ejemplo vivo y claro de misión en los anabaptistas, para sugerir un entendimiento de la misión que se sustenta más o menos en los Reformadores, pero que también va más allá de ellos. Porque la misión de la iglesia es la misión de Dios, o mejor dicho, la iglesia tiene una misión porque Dios está en misión. La iglesia es fruto de la misión de Dios y, a la vez, es agente de la misión de Dios. La misión de la iglesia debe estar fundamentada teocéntricamente o no es la misión de la iglesia. El modelo de la misión de la iglesia debe ser cristocéntrico o no es la misión de la iglesia. La iglesia es misionera cuando el amor de Dios por las personas y el poder de su Espíritu la llenan y la impulsan a ir.

El misionero es Dios. Dios es quien, en su libertad, gracia y amor, decidió no seguir siendo Dios sin la humanidad (creación). Es Dios quien busca al ser humano cuando éste se esconde avergonzado (ser humano pecador). Es Dios quien llama a Abraham, le promete bendecir en su descendencia a todas las naciones de la tierra, aún cuando él y su esposa no pueden tener hijos (plan de salvación universal). Es Dios quien envía a su Hijo para que todo el que crea no se pierda (encarnación, muerte y resurrección). Es Dios Padre y Dios Hijo quienes envían al Espíritu Santo para que convenza al mundo de pecado, justicia y juicio, y para que los creyentes, sean transformados a la imagen de su Hijo y sean equipados con el poder de lo alto para ser testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra (formación de un nuevo pueblo y envío a misionar por el mundo). Es el Hijo quien dijo a sus discípulos: así como el Padre me ha enviado, así yo los envío (misión es ir y no esperar que vengan). “La misión de la Iglesia es participación en la existencia de Dios en el mundo” (Schütz, Zwischen und Kaukasus, 245, citado por Müller, 1988, pág. 16). Dios es el creador y el autor de la vida y la historia (Génesis 1-2). Dios ha llamado al ser humano a participar en su obra, pero en ningún momento ha claudicado sus derechos y su envolvimiento en la historia a favor del hombre.

Esta es la primera cosa que debemos decir, y las primeras cosas hay que decirlas primero y claro. Antes de hablar de nuestro papel en la misión, debemos poner el fundamento que dice que la iglesia primitiva no aporta a la misión, la edad media no aporta a la misión, la Reforma protestante no aporta a la misión, el pentecostalismo no aporta a la misión, las denominaciones no aportan a la misión, las agencias misioneras no aportan a la misión. Quien aporta a la misión es Dios; es la misión de Dios, no es la misión de nosotros. Dios no ha delegado la ejecución de la misión. Dios es el contenido, Él es la estrategia, Él es el protagonista, Él es el poder, Él es el modelo, Él es el misionero. Dios es quien está en misión porque Él es el que más ama, Él es el que pone su vida por sus ovejas, porque Él es el buen pastor. Dios es y sigue siendo Señor en la misión. Toda autoridad me es dada en el cielo y en la tierra, dijo Jesús, por tanto id. Sin Dios no hay misión. Si Dios no envía no hay misión. Si Dios no va con nosotros no hay misión.

A propósito, los defensores de los Reformadores en el tema de la misión, los cuales encuentran un concepto de misión en su teología, afirman que lo expresado arriba es el punto de vista de la misión de Lutero, el cual era tanto vertical como teocéntrico (Scherer, 1994). De acuerdo a Scherer (1994), “para Lutero, la misión es siempre la obra del Dios trino –missio Dei –y su objetivo y resultado es la venida del reino de Dios” (pág. 18). Los reformadores también enseñaban que la Biblia es la santa Palabra de Dios, la única autoridad. Pues bien, la Biblia debe ser leída, no primeramente para encontrar las bases bíblicas de la misión, sino para conocer al Dios que obra en la historia, para conocer del drama de Dios con la humanidad que ha creado y que se ha propuesto redimir a pesar de la desobediencia de ésta. La Biblia misma es resultado del obrar “misionero” de Dios. De igual manera, la iglesia es resultado del obrar de Dios en la historia cuyo propósito y plan incluye toda la creación y la totalidad de la historia. No es tanto que la iglesia tiene una misión, sino más bien, que ella ha nacido porque hay un Dios activo cumpliendo una misión en la historia.

La iglesia es fruto y agente de la misión de Dios. Juan el Bautista y Jesús vinieron anunciando el Reino de Dios y apareció la iglesia. Algunos encuentran en esta realidad una piedra de tropiezo. Pero esta perplejidad es fruto de un concepto deficiente sobre el reino de Dios y también de un entendimiento deficiente del evangelio de Cristo. Las Escrituras anuncian un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. Nótese que Dios había hecho un pacto con Israel, pero ahora propone un segundo pacto, nuevo y diferente con Israel y Judá. Ya esto nos alerta a las novedades de este nuevo pacto. No solamente está la novedad de una ley escrita en el corazón en lugar de piedras, sino que el Nuevo Testamento enseña que había otro misterio que está siendo revelado en Cristo y en su evangelio. Ese misterio es que en el nuevo pacto, el reino de Dios incluye y requiere la formación de un solo pueblo de Dios incluyendo judíos y gentiles. La pared de separación ha sido abolida, y en Cristo, de los dos pueblos Dios ha hecho una nueva humanidad. Esta nueva humanidad tiene como cabeza y líder al segundo Adán quien es Jesucristo. Esta nueva humanidad es la iglesia a quien Dios, en su gracia, llama, recluta, capacita, transforma, empodera, y envía en misión.

La iglesia, ese nuevo pueblo compuesto de judíos y gentiles, ese pueblo redimido, ese pueblo que es real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, ese ejército de hermanos de Jesucristo transformados a su imagen, esos hijos de Dios, son enviados a anunciar las virtudes de Aquel que los llamó y salvó, son enviados a ser testigos de Cristo, son enviados a hacer discípulos a todas las naciones anunciando lo que Cristo les ha enseñado y bautizando a los nuevos discípulos en el nombre del Padre misionero, el Hijo misionero y el Espíritu Santo misionero.

Como se desprende de todo esto, la iglesia está en misión porque la iglesia está unida a la vid verdadera, al olivo verdadero. La persona es misionera en la medida en que está unida a la vid como pámpano y al olivo como rama. Es la vid y el olivo los que sostienen al misionero y a la misionera. Yo soy la vid verdadera dijo Jesús.

Varios autores arriba nos han sugerido que la doctrina de la iglesia de los reformadores es un impulso fuerte a las misiones. Eso puede ser así, entendido de la siguiente manera. Básicamente, Lutero y Calvino enseñaron que la verdadera iglesia es reconocida por la predicación de la Palabra de Dios y por la administración correcta de los sacramentos. Especialmente Calvino rescata la importancia de la iglesia para el crecimiento espiritual de los creyentes. Por ejemplo, Calvino enseña:

He aquí cómo conoceremos a la Iglesia visible: dondequiera que veamos predicar sinceramente la Palabra de Dios y administrar los sacramentos conforme a la institución de Jesucristo, no dudemos de que hay allí Iglesia; pues su promesa no nos puede fallar: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (MT. 18,20) (Calvino, 1858, pág. 158).

Schultz nos dice que Lutero desarrolló las dos marcas de la verdadera iglesia en siete, a saber: la posesión de la santa Palabra de Dios, el santo sacramento del bautismo, el santo sacramento del altar, el oficio de las llaves ejercitado públicamente, el ministerio público, oración, alabanza y acciones de gracias a Dios, la posesión de la sagrada cruz (Schultz, 1967).

El problema, sin embargo, como hemos notado arriba, es que ambos consideraban que la iglesia existía y que solamente estaba en necesidad de reforma. En cambio los anabaptistas, consideraban que la iglesia verdadera había cesado y que lo que se necesitaba era predicar la Palabra para que por la fe, el arrepentimiento y el discipulado, la verdadera iglesia volviera a existir. O sea, hay un problema real, teológico, con la iglesia del siglo XVI y con la iglesia del siglo XXI. Por eso, yo no hablo en primer lugar de iglesia y misión, Escritura y misión, contexto y misión, o testigo y misión (ver esto en Müller, 1988, págs. 19-30). Estoy hablando de misión y Dios: mi punto de vista es teológico. La razón por la cual este punto de vista es el adecuado es porque “la Escritura no informa ni instruye sobre posibles concepciones acerca de la misión, sino que atestigua la continuada proclamación misionera como un acontecer que no se puede separar del evangelio mismo” (Müller, 1988, pág. 23).

Por eso la misiología debe ser una disciplina teológica. “La misión es un concepto teológico, no un concepto geográfico” (Müller, 1988, pág. 53). La misión es un concepto teológico y no un concepto antropológico, sociológico, estratégico, técnico, humano. Como dice Wright: “La Biblia nos habla de la historia de la misión de Dios a través del pueblo de Dios en su interacción con el mundo de Dios por amor a la totalidad de la creación de Dios” (Wright, 2006, pág. 22).

La misión de la iglesia es encarnacional y sacrificial de acuerdo al modelo de Cristo Jesús. Jesús entiende su misión y su obra, no como propia, sino como dada por el Padre, o sea, como obediencia. Esa misión entraña el despojarse, el rebajarse y el asumir la naturaleza humana. Por amor de las ovejas, el buen pastor da la vida por ellas. Jesucristo nos dejó ejemplo para que sigamos sus pisadas. Jesucristo, a través del sufrimiento, aprendió la obediencia. Toda misión cristiana entraña la encarnación y la contextualización. Hablamos como seres humanos a seres humanos. Hablamos como mendigos a mendigos, según el dicho de Lutero al final de sus días.

De ahí que debamos de nuevo tomar partido con los anabaptistas. Ellos renunciaron a toda unión entre la iglesia y el estado. En cambio, los reformadores no podían pensar de la misión si no era con la ayuda del estado. El modelo de ministerio que la iglesia y cada creyente tiene es Jesucristo. Su ministerio se caracterizó por el martirio-testimonio. El poder de la misión es el poder del Espíritu de Dios y del testimonio. La sangre de los mártires es la semilla misionera.

Para concluir, volvemos a preguntar ¿Qué es la misión? La siguiente definición parece completa y bíblica: “Fundamentalmente, nuestra misión (si está informada y validada bíblicamente) significa nuestra participación comprometida como pueblo de Dios, por la invitación y mandamiento de Dios, en la propia misión de Dios dentro de la historia del mundo de Dios con el propósito de la redención de la creación de Dios” (Wright, 2006, págs. 22-23).

A la definición anterior podemos añadir los siguientes elementos: “La misión, en lo más hondo, tiene su fundamento en el misterio de la Trinidad de Dios, en sus ‘procesiones’ y ‘misiones’, en Dios, todo cuyo ser es comunicarse y entregarse” (Müller, 1988, pág. 51). En la misión se trata de salvación, de comunión, y tiene que ver con el mundo (Müller, 1988). “La misión se preocupa principalmente de quienes no conocen aún el evangelio, de quienes se encuentran todavía fuera de la visibilidad del pueblo de Dios” (Müller, 1988, pág. 52).

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